No hay artista de verdad, si me permiten el pleonasmo, que permanezca demasiado tiempo igual a sí mismo. La búsqueda de la raya del horizonte forma parte de su ADN. Pero no hay creación verdaderamente importante, medular, sin una renovada fidelidad a la propia cosmovisión. Donde uno da sus primeros pasos, ahí está el universo entero. De esa tensión permanente entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser nacen las creaciones sustanciales (un poema, una música, una canción…), aquellas que nos aportan una emoción y un misterio, la conmoción intelectual y la de la piel, el reconocimiento del abrazo entre belleza y verdad. “Beauty is truth”, dijo Keats.

De ahí la relevante decisión que ha tomado ahora Marisa Valle Roso en su último trabajo. El feliz resultado de esa necesidad de levantar la mirada para otear y crecer es el deslumbrante “Consciente”, un disco donde el título mismo quiere expresar el conocimiento de algo importante: el deseo de aunar diversas tradiciones que forman parte de su acervo sentimental y musical. De esa aleación de intereses (la música tradicional asturiana, claro, pero también la hispanoamericana, la gallego-portuguesa, el pop o el indie), surge una obra de rara consistencia en la que conviven con acierto grandes canciones, a las que damos la categoría de clásicas, con otras nuevas. Destacar también, en este sentido, la producción de Sebastián Merlín (tiene dos “Grammy” latinos por “Bailar en la cueva”, de Jorge Drexler) y Charlie Bautista, que contribuyen además con su calidad como instrumentistas en cada uno de los trece temas.

Marisa Valle Roso tiene posiblemente la voz de mayor calado lírico que ha dado la asturianada en lo que va de este siglo XXI. Nacida en Langreo en 1987, era apenas una adolescente cuando aprendió a cantar tonada con las enseñanzas de Alfredo Canga. Hablamos de uno de esos cantadores que respetan la música, cuidadosos, para los que lo importante no es cantar “al alto la lleva”, como se dice en Asturias, sino bien. Una lección que la aventajada discípula no olvida en los escenarios. Los registros de su sutileza vocal son los de las grandes cantadoras que uno escuchó de niño, cuando la tonada era una manera más de estar entre la gente. Y alumbran, a la vez, una frescura juvenil de quien sabe reinterpretar la tradición. Ha ganado más de treinta concursos de canción asturiana y durante años ha sido seleccionada con todo merecimiento para participar en el “Memorial Silvino Argüelles”, reservado a los mejores. Quienes tengan alguna duda, escuchen con atención las trece canciones de “De lo fondero l’alma”, donde recupera “Colombiana”, la joya de Orestes Menéndez. Y para los descreídos en las posibilidades de la tonada les recomiendo una propuesta anterior con aires de jazz, firmada en 1999, “Un pasu más”.

No se puede pedir a una calandria que cante siempre en la misma rama. Y tampoco exigir a Marisa Valle Roso que prodigue sólo asturianadas. Más en un país –España- en el que, pese a sus tan variadas y riquísimas tradiciones musicales, las televisiones y emisoras estatales sólo abren sitio al flamenco. Creo que en mi vida de adulto jamás he escuchado una asturianada en TVE. Hacen como si las periferias y sus culturas no existieran. Así estamos. Por eso, y porque Marisa es una de esas grandes artistas que explora los horizontes, un disco como “Consciente”. Y que los puristas digan misa.

La poderosa versatilidad de esta artista inquieta puede con todo. Lo demostró con su último espectáculo, “Suena la mina”. Hasta le dieron los parabienes en ese templo de la excelencia que es el Festival Internacional del Cante de las Minas, en La Unión. Marisa Valle Roso tiene sabiduría, personalidad y unas dotes musicales que rubrica en los trece temas de “Consciente”. Me gusta su respetuoso atrevimiento. Toma cinco canciones canónicas de –agárrense- Violeta Parra (“Arriba quemado el sol”), Chavela Vargas (“Macorina”, el poema de Alfonso Camín), Dulce Pontes (“Lela”, el casi fado de Coimbra que le salió al gallego Castelao), Mercedes Sosa (“Drume negrita”, la han cantado desde Bola de Nieve a Omara Portuondo) y Víctor Manuel (“La planta 14”), pero las hace suyas y sale brillantemente del empeño. Lo mismo con el “Romance de la neña Isabel”, que conocíamos grabado por el exhaustivo Joaquín Díaz.

Y atención al estreno de Marisa Valle Roso como compositora. Suyas son las músicas de “Cómplices” –uno de los mejores temas del disco, para mi gusto- y “Ser como soy”, con letras de Pablo Carrera. Éste es el gaitero que ha acompañado a la artista en estos años y aporta aquí dos canciones más y su destreza como músico. En “Consciente” hay otras muchas valiosas colaboraciones. Víctor Manuel regala a la cantante la hermosa “Tanto como yo te quise” y participa en “Somos parte de la gente”, esa aquilatada composición de Paco Cifuentes. Rozalén, por su parte, es la voz invitada en “Ser como soy”. Y el cantautor asturiano Alfredo González cede la canción “Dos muertos”. Hay que destacar, asimismo, las aportaciones de “Pandereteras de Fitoria” y las percusiones tradicionales de David Varela.

“Consciente” es, pues, uno de esos trabajos que no se agotan en la primera audición. Algo así, es ya un estímulo en estos tiempos de presuntos artistas intercambiables. Pero es mucho más: la constatación de que Marisa Valle Roso ha empezado a mirar hacia horizontes en los que también vuela segura, como sólo saben hacerlo quienes de verdad tienen ganas y talento.

José Luis Argüelles